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José González Quijano

"Piel andina" de Mahia Biblos

La hechura de tapices, sean utilitarios o de carácter decorativo, es un arte que se remonta casi al inicio de la civilización. Desde tiempos muy antiguos el hombre ha empleado diversos materiales de procedencia animal o vegetal con los que fabrica elementos que cubren el piso o las paredes, como son las alfombras, tapices, gobelinos, etc. Existen zonas localizadas en el globo terráqueo que son famosas por sus manufacturas, las cuales alcanzan un grado de excelencia en el nivel de artesaníaArtistas famosos a lo largo de los siglos han diseñado cartones con los que más tarde se tejieron gigantescos gobelinos, concebidos para rememorar gloriosos acontecimientos de las casas reinantes, matrimonios, nacimientos, alianzas, o por encargo para celebrar alguna batalla famosa en la que el sujeto representado con sus huestes generalmente había ganado la guerra. En nuestro siglo tumultuoso y lleno de contradicciones, se siguen haciendo tapices; más con un afán de experimentación estética en cuanto a texturas y colores que en función al pedido o deseo de determinados mecenas. Ubicaría yo en esta línea los tapices ambientación transitable que Mahia Biblos exhibe en la Galería Juan Martín bajo el título de "Piel andina".

Mahia es argentina de origen y vive desde 1972 en nuestro país. Como habitante cuya procedencia es el cono sur, ha absorbido y asimilado, porque en cierta medida flota en el aire, aquella gran cultura incaica que floreció en las escarpadas cumbres de los Andes, civilización de inmensas fortalezas en piedra y ciudades enclavadas en las altas montañas, tesoros en refulgente oro que aún hoy son la maravilla de lo precolombino y aquellos intrincados dibujos y diseños que pueblan de geometría sus textiles, ponchos, mantas, cinturones, camisolas y demás objetos de uso cotidiano.

En esta su primera exposición individual, Mahia Biblos muestra siete tapices de nombres sugestivos: Chimú, Chavín, Chancay, Tiahuanaco, los cuales pueden ser colgados a la manera tradicional de los gobelinos. Pero Biblos ha sido asistente de museografía en el museo de la ciudad de Nueva York en 1970 y tiene otras ideas; no quiere convertir la exposición de tapices en espacios habitables tradicionales sino en espacios transitables: Para ello se le ocurre mandar hacer estructuras metálicas semejantes a trapezoides inclinados y adhiere cada obra en estos originales exhibidores.



Resultado: grandes objetos que poseen un cierto grado de inclinación, y hasta alguno totalmente recostado sobre el piso de la galería, muestran lo que se puede hacer con fibra de agave teñida en brillantes colores, cuidadosamente seleccionados según gamas cromáticas, y cuyas listas ya sean horizontales, ya en escalas verticales, en ascendentes y descendentes, líneas diagonales o en tejido que pareciera no seguir un orden preestablecido. Aunque dicho orden jamás deja de existir, dan cuenta de la dedicación y el trabajo de Mahia Biblos. Cada obra, además del estudio colorístico y de textura en su anverso, se encuentra coronada por una ancha faja de tejido digamos liso, el cual se repite por el reverso del tapiz y da como corolario la integración de una totalidad ordenada. Es casi imposible resistir la tentación de tocarlos.

Por otra parte, quisiera hacer un breve comentario de las presentaciones en el catálogo. El maestro Fernando Gamboa, siempre un caballero, realiza un prólogo discreto en que llama al público asistente, o que acudirá después, como "espectador". No sucede así con el maestro Juan Acha, quien abre fuego de la siguiente manera: "ciertas proclividades, de los aficionados a las artes, nos exigen hacer este preámbulo para aclarar por qué presentamos aquí lo que casi todos ellos censuran y rechazan, a saber: un prólogo o crítica escrita por un allegado muy cercano al autor de las obras exhibidas; máxime cuando los ligan lazos de amor o de matrimonio" (sic). Aún sabiendo que el maestro Acha parece encontrarse en el Olimpo Crítico Mexicano (OCM), me da la impresión de que no necesita realizar tanta pirotecnia verbal e intelectual para presentar algo que de suyo es válido, que evidentemente posee calidad. La sencillez siempre ha sido, y es, bastante recomendable. Ojalá que su postura en lo sucesivo, considerara en algo más a todos nosotros, simples "espectadores" mortales de los acontecimientos artísticos que se dan en esta gran ciudad.


El Universal
La pluma que no cesa
Domingo 16 de marzo de 1986